Era inevitable
Sucedió, tenía que pasar un día u otro, la fecha es propicia, la edad también: mi niña pequeña ya sabe quién somos los Reyes, Papá Noel y el Ratoncito Pérez.
Todos en su clase lo comentaban, lo afirmaban machaconamente, y yo me he visto en el brete de contarlo. Y no son sólo sus castillos en el aire, su imagen de mundo mágico, lo que se ha caído, sino también otro pedazo de los míos. Ya no habrá montajes escénicos, estrellas fugaces o llamadas intempestivas en noches señaladas. Por ende, además, han caído varias figuras. Hasta el propio Dios se ha puesto en entredicho, y yo no se cómo explicarle que su madre todavía cree en hadas, duendes, ángeles y demás multitud de seres invisibles.
Pero no termina de creérselo del todo, todavía anda buscando explicación a hechos extraordinarios, y no... no voy a explicárselo todo, creo que es necesaria una pizca de polvos de hada en nuestras vidas. Por más que físicamente se explique que las estrellas y la luna no se caigan en nuestras cabezas, no le quita su belleza; por más que los globos oculares se estudien en el colegio, no explica que, al mirar a los ojos, a veces se descubran ángeles o demonios.
No se lo que primará al final, si la desconfianza por la mentira, o la ilusión por ver más allá de nuestros sentidos.
Estoy un poco triste.
